Lo que debía ser una fiesta futbolística global se ha convertido en uno de los escándalos de corrupción e injerencia política más bochornosos en la historia del deporte de elite. La controversia estalló en el reciente Mundial de la FIFA, pero la bomba explotó definitivamente en las últimas horas tras la confirmación de una medida drástica: la Federación Noruega de Fútbol (NFF) hará una denuncia formal ante el Comité de Ética por lo que consideran una violación sin precedentes de las reglas del juego.
El motivo de la indignación generalizada tiene un nombre y un apellido: Donald Trump.
La llamada privada que cambió las reglas del fútbol
Todo comenzó durante la intensa fase de dieciseisavos de final del certamen internacional. En un vibrante encuentro contra Bosnia y Herzegovina, el delantero estrella de la selección de Estados Unidos, Folarin Balogun, vio la tarjeta roja directa por una dura entrada. La expulsión significaba automáticamente una sanción de al menos un partido fuera de las canchas, lo que le impedía jugar el crucial duelo de octavos de final frente a Bélgica.
Sin embargo, tras bambalinas se orquestaba un plan para torcer el reglamento a favor de los anfitriones.
Consciente del enorme peso ofensivo que perdián los dirigidos por Mauricio Pochettino, el propio presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, tomó el teléfono para hacer una llamada directa y personal al presidente de la FIFA, Gianni Infantino. ¿El objetivo? Exigir que se “revisara” y anulara el castigo del jugador americano.
Pocas horas después del cruce telefónico entre los dos hombres de poder, el mundo del deporte quedó estupefacto tras el anuncio oficial: la FIFA decidió “suspender” temporalmente la sanción de Balogun por un periodo de prueba de 12 meses. Con esa controvertida maniobra legal, el atacante quedó completamente habilitado para enfrentar a los belgas, rompiendo de un plumazo uno de los pilares éticos e históricos del reglamento disciplinario de la entidad.
“Todos sabemos que este veredicto fue influenciado por fuerzas externas y no siguió el proceso adecuado. Es alarmante cuando se comprometen las reglas fundamentales del juego”, sentenció Lise Klaveness, presidenta de la Federación Noruega.
Un precedente peligroso que enciende las alarmas
A pesar del favorecimiento descarado, la justicia deportiva terminó imponiéndose dentro de la cancha en aquel choque de octavos: una inspirada selección de Bélgica, furiosa por la injusticia previa al cotejo, terminó aplastando 4-1 a los norteamericanos. Pero aunque el torneo continuó su curso, la herida en los estamentos del fútbol quedó abierta y sangrando.
Diversas federaciones europeas han alzado la voz denunciando que se ha cruzado una línea roja muy peligrosa. Permitir que los jefes de Estado presionen a los árbitros o a las comisiones disciplinarias para favorecer a sus deportistas sienta un precedente nefasto en el que la política dicta quién juega y quién no.
Lise Klaveness, una de las dirigentas más firmes en el panorama europeo, dejó en claro en entrevista con medios internacionales que no piensa dejar pasar este asunto: “No voy a permitir que esto se barra debajo de la alfombra. Cuando adaptas las normas a los políticos y a sus caprichos, pones en riesgo la existencia misma del deporte”, afirmó con dureza al anunciar la acusación formal.
¿Se encubre una red de favores al más alto nivel?
El escándalo salpica de lleno a Gianni Infantino, quien ya arrastra cuestionamientos de diversos organismos independientes por su extrema cercanía con el mandatario estadounidense. Se reveló incluso que la decisión de retirar la sanción fue tomada de manera unilateral por el presidente del comité disciplinario de la FIFA, Mohammad Al Kamali, sin consultar al resto de los 17 miembros del tribunal de juzgamiento, solo minutos después de recibir la alerta desde la cúpula de la organización.
El ambiente en el fútbol mundial es de absoluta tensión e indignación generalizada. Cientos de miles de aficionados en las plataformas digitales exigen respuestas claras, la renuncia de los implicados y una investigación a fondo para determinar si existieron presiones o promesas de favores políticos detrás de esta vergonzosa decisión.
Las preguntas obligadas están sobre la mesa y sacuden los cimientos del deporte rey: ¿Se ha convertido la FIFA en un títere de los líderes políticos globales? ¿Deben imponerse sanciones severas a las autoridades que cedieron a las presiones de la Casa Blanca?